JAWS. (STEVEN SPIELBERG, 1975.)

STEVEN SPIELBERG. EL COLMILLO DEL BUEN CHICO.

Cuando en 1975 Steven Spielberg dirigió Jaws ya era un director capaz de situarse en primera línea, ya tenía el talento que lo ha caracterizado siempre, pero todavía no había podido demostrar que también sería uno de los amos del negocio, y prácticamente el único capaz de llenar la taquilla y hacer levitar al espectador, todo al mismo tiempo.

Jaws. (Zanuck/Brown, Universal Pictures. 1975.)
Jaws. (Zanuck/Brown, Universal Pictures. 1975.)

Ese año, con su Tiburón, Spielberg abrió la boca de la bestia, cerró la de los incrédulos y pasmó a la humanidad para siempre. Pero a pesar de su indudable capacidad para reventar taquillas, Spielberg es ante todo un cineasta, un amante del cine, por eso se rodeó de un equipo imbatible.

Confió la fotografía a Bill Butler –quien el año anterior se había lucido a las órdenes de Coppola en la maravillosa La conversación, y la banda sonora al que hoy es uno de los iconos musicales cinematográficos por excelencia: John Williams.

JAWS. HITCHCOCK, SPIELBERG Y EL MONSTRUO AMERICANO.

Para mí, Tiburón tiene dos secuencias clave:

La primera revela a uno de los alumnos más aventajados de Hitchcock, uno de esos que se sentaron en la primera fila de la clase a la que asistieron los tipos que reinventaron el cine americano; y no lo hace solamente por el plano paraláctico – o dolly zoom, como lo llaman los yankees- con el que introduce de lleno al espectador en la boca del tiburón, haciendo suyo el terror que invade a Roy Scheider cuando la razón de la que se sabía dueño se apodera de todo.

Roy Scheider. (Jaws. Zanuck/Brown, Universal Pictures. 1975.)
Roy Scheider. (Jaws. Zanuck/Brown, Universal Pictures. 1975.)

Spielberg siempre ha sido muy hábil en cuanto a la corrección política, siempre se ha camuflado como un tipo blando, simpatizante, pro-americano y patriota. De la misma forma que su tiburón, se mimetiza con el entorno y cuando la presa quiere reaccionar ya es tarde, ya ha metido el colmillo hasta el fondo. Steven es un chico listo.

Como el tipo listo que es, aquí no vemos solamente al jefe Brody con la sangre helada al ver brotar la de la víctima, vemos a Spielberg repartiendo leña al sistema. Limpiamente, sin insultos, tiros, sicarios, grabaciones furtivas, etc… simplemente una playa abierta, una playa turística llena de bañistas que además de la playa llenan las arcas de los negocios, al tiempo que los propietarios de esos negocios llenan las urnas con votos para el alcalde que abrió la playa. Así se las gasta el de la gorra…

Y allí está Brody, con los huevos en la garganta cuando ocurre lo que tenía que ocurrir.

Sin dar tiempo a reaccionar y sin dejarse ver, el tiburón, ese Moby Dick moderno con el que Spielberg atormentará para siempre al pobre Brody, hace lo suyo. Y Spielberg se lo regala a la humanidad en un scope irrepetible, con el tiro de cámara a la altura de los ojos del monstruo, haciendo que casi todo sea subjetivo y sacándole a Hitchcock la que posiblemente fue la sonrisa más cómplice de su vida.

Sin embargo, esa sonrisa no asomó solamente por lo que Spielberg mostró al espectador. Si el director fue un alumno aventajado de Hitch, John Williams lo fue de Bernard Herrmann.

Spielberg maneja sus películas a la perfección, es un director cuidadoso y detallista, por eso puso en manos de Williams la responsabilidad del plano en cuestión. Un dolly zoom es de por sí efectista y muy locuaz, es un recurso con una capacidad narrativa muy amplia, pues la sensación que transmite al espectador es muy envolvente. Pero al igual que su maestro Hitchcock, Spielberg sabía perfectamente que con el sonido adecuado, la eficacia narrativa del plano se elevaría a la máxima potencia.

Hitchcock lo hizo con Herrmann en mucha ocasiones, Spielberg lo haría con Williams el año en el que el cine cambió el verano, las playas y el terror para siempre.

Lorraine Gary y Roy Scheider. (Jaws. Zanuck/Brown, Universal Pictures. 1975.)
Lorraine Gary y Roy Scheider. (Jaws. Zanuck/Brown, Universal Pictures. 1975.)

Así es como lo hacen los maestros de este asunto, sin que el espectador se dé cuenta de lo que ocurre hasta que ya ha pasado. Después viene una calma capaz de acelerar el pulso a las piedras, un silencio que sólo puede romper el mar bajo el que Spielberg esconde la última criatura del terror de la Universal, y al espectador, sólo le queda el desmayo.

En la segunda secuencia, Spielberg sigue la línea revolucionaria a la que antes hacía mención, pero es aquí cuando posiblemente llega a la máxima expresión de sus formas sutiles.

Los compañeros de fatigas renovadoras de Spielberg empleaban la filosofía “nosotros contra ellos.” Scorsese, Coppola, Cimino, Friedkin… se enfrentaron directamente contra el viejo sistema y el podrido gobierno estadounidense. Aquellos tipos geniales, indomables e insobornables pretendían escupir sus películas a la cara de los jefazos, entre otras cosas porque aquellos tipos eran chicos del Bronx. Tipos duros y valientes a los que la taquilla y el negocio en sí, les importaba en aquellos días, un carajo.

Sin embargo, Spielberg no era un chico de la calle, era un tipo sensato y sensible criado en un barrio residencial, comprometido, sí, pero con una visión del negocio meridianamente clara. Por eso se unió a toda aquella frenética actividad, pero no escupiendo directamente a la cara de quienes todavía mandaban, (y mandarían cuando todo aquello terminó), en el negocio.

Spielberg elude una de las premisas del Nuevo Hollywood y deriva la crítica social de su país -no olvidemos que Vietnam, el petróleo y el Watergate estaban todavía en todas las portadas- hacia donde a él siempre le ha convenido más, hacia una de las señas de identidad más claras en su siempre discretamente contestatario cine, hacia el héroe americano que consigue aunar a toda la sociedad para luchar contra el enemigo.

Spielberg es un boy scout, no un pantera negra, un buen tipo que evita el conflicto directo, pero censura y sitúa -sin que este se dé cuenta- al público en el lado correcto de las cosas.

El tiburón es el Watergate, es Vietman, es la corrupción y toda la basura del gobierno estadounidense -y por extensión el mundial- y Spielberg vencerá al mal porque no es un chico malo, es un buen chico, un americano modelo que se caga con formas sutiles en su lamentable país.

Y además voló por los aires las taquillas.

Tiburón se tragó más de 470 millones de dólares. El Nuevo Hollywood podía resultar tan rentable como el antiguo, después de todo.

Aquí -volviendo a la secuencia en sí, (dejo un enlace a pie de texto)- a estas alturas de la historia, Spielberg utiliza una de sus mejores armas. Al igual que en su antecesora Duel, y la futura Jurassic Park, sitúa al humano ante la materialización de sus miedos más profundos, de sus terrores primitivos, atávicos -y antes o después- ineludibles.

Robert Shaw. (Jaws. Zanuck/Brown, Universal Pictures. 1975.)
Robert Shaw. (Jaws. Zanuck/Brown, Universal Pictures. 1975.)

Quint, el miembro salvaje de la expedición, el Ahab moderno, ha perdido su batalla contra Moby Dick. Hooper, el científico racional, ha desaparecido, (aparentemente para siempre), y Brody, el noble, el buen tipo americano, el David Mann de Duel, el Alan Grant de Jurassic Park -el héroe en definitiva- sobrevive para enfrentarse con la naturaleza en su estado más puro, salvaje y primitivo.

Richard Dreyfuss. (Jaws. Zanuck/Brown, Universal Pictures. 1975.)
Richard Dreyfuss. (Jaws. Zanuck/Brown, Universal Pictures. 1975.)

Spielberg, ese tipo listo como un zorro, ese tipo que sabe hacer cine como pocos, repartir hostias como él solo y reventar taquillas como nadie, le dice a Roy Scheider que coja el rifle, y como un héroe crepuscular americano le vuele la maldita cabeza al monstruo.

Brody obedece, le acierta justo a tiempo, y el monstruo -igual que el camión de Duel ó el T. Rex de Jurassic Park- ruge mientras cae en el abismo de su territorio, a cámara lenta e inexorablemente, mientras el genio inigualable de Spielberg clava esas imágenes en la memoria de la humanidad.

Jaws. (Zanuck/Brown, Universal Pictures. 1975.)
Jaws. (Zanuck/Brown, Universal Pictures. 1975.)

Y ya está, América y sus toneladas de mierda social han sido derrotadas por el espíritu heroico de Spielberg, sin la vehemencia y los modos patibularios de Scorsese y compañía. Al fin y al cabo, Spielberg ama su país, pero eso no significa que no le cruce la cara cuando toca hacerlo, aunque sea con la sutileza de buen muchacho tan consciente de su malvado país como el más vehemente de los revolucionarios.

Así concluyen la historia, la secuencia y poco después, la película.

Brody vence al monstruo, Hooper reaparece y ese par de buenos chicos americanos nadan hacia tierra a través de un mar ya en calma que, tras hacerse con el último monstruo de la Universal, no oculta nada.

Enlace a la secuencia: https://www.youtube.com/watch?v=u1c_E-LuSxs

Película disponible: https://www.filmin.es/pelicula/tiburon

Feliz viaje de vuelta hacia la noche. #SHADOWSRULES

David Salgado.

©24 sombras por segundo. Marzo 2021.

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