BEATRIZ. GONZALO SUÁREZ, REMANDO A CONTRAVIENTO.
Beatriz, la película dirigida hace medio siglo por el recientemente fallecido Gonzalo Suárez, no solo permanece en un segundo plano dentro de la filmografía del cineasta y el cine español en general, sino que también se ha visto relegada al olvido en el género de terror nacional, en parte debido a que aquel mismo año salió a la luz una de las obras capitales de Chicho Ibáñez Serrador, ¿Quién puede matar a un niño?

El cine de Suárez ha sido irregular, cierto, pero su impronta tanto en el panorama del cine español como en aquella controvertida Serie B practicada en el país durante los años setenta es notable, pues los riesgos que su personalidad narrativa le llevó a asumir fueron resueltos con no poca pericia.
Es una opinión relativamente generalizada la que afirma que el cine de Suárez ha ido decreciendo en interés tras la última de sus películas más reconocidas, Remando al viento (1988). Sin embargo, el consenso también se alcanza en cuanto al sentir inverso, pues el tramo recorrido por el autor de Beatriz desde la primera de sus muy personales cintas, El horrible ser nunca visto (1966), hasta Don Juan en los infiernos (1991), cuenta con el mayor número de adeptos, a pesar de los altibajos que incluso en su mejor etapa sufrió la obra del director.
Así, títulos como Ditirambo —tanto en su versión corta (1967) como en el largometraje (1969)—, El extraño caso del Doctor Fausto (1969), La regenta (1974), Parranda (1977), los cuatro episodios que dirigió para la serie de televisión Los pazos de Ulloa (1985), o las citadas Remando al viento y Don Juan en los infiernos gozan de mayor reconocimiento que el resto de sus películas; en la mayor parte de los casos con total justificación, pero hay dos condenadas a un segundo plano que cuentan con méritos para ocupar una mejor posición en la memoria cinematográfica española: La loba y la paloma (1974), y muy especialmente la que aquí nos ocupa: Beatriz.
LA CARNE Y EL DEMONIO.
Como buena muestra de terror gótico, Beatriz proviene de la literatura y oculta sus secretos en tierras pródigas en brumas y extrañas atmósferas capaces de inspirar tanto acciones vehementes como tenues señales. Suárez se sirvió de dos cuentos cortos de Ramón María del Valle-Inclán, Beatriz (1901) y Mi hermana Antonia (1909); dos aproximaciones del autor gallego al mundo de los poderes ocultos y la seducción, los dos pilares sobre los que se sustenta la película, cuyo espíritu entronca perfectamente con el título en castellano de The Flesh and the Fiends (El demonio y la carne, John Gilling, 1960).
Entre el verde teñido de bruma gris que viste la tierra en Galicia, avanza lejana una silueta inquietante al compás de la voz de un narrador, quien pone al espectador en contexto. Esa voz invisible es adulta, pero habla de lo que sucedió en la infancia del protagonista de esta historia, Juan (Oscar Martín), un muchacho que vive en un pazo bajo la severa reclusión de su madre, la condesa Doña Carlota (Carmen Sevilla), una mujer andaluza que —como reza la voz inicial— apenas logra sobrellevar el taciturno clima gallego, bajo cuyo influjo también habita su hija Beatriz (Sandra Mozarowsky).

Esa silueta errante —que recuerda de un solo vistazo a las ánimas propias de las Rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer—, pertenece a Fray Ángel (Jorge Rivero), quien topa en el bosque con un grupo de bandoleros liderados por un individuo apodado «Rata» (José Lifante). El grupo, tras descubrir a Juan espiando en el bosque, se enfrenta sin éxito al fraile, quien se defiende y corta la oreja del cadáver de uno de los bandidos y recala finalmente en el pazo en el que vive la familia de la condesa.
Si algo demostró Gonzalo Suárez con esta película es que —al menos en aquel momento— dominaba por completo la mezcla entre los elementos clásicos, las peculiaridades del cine español de la época (ligada considerablemente al destape), y su propio estilo narrativo.
Así, de una introducción y presentación de los personajes principales que se mantiene totalmente fiel no solo al espíritu de los cuentos originales sino a los cánones del cine de terror anglosajón de Serie B, Suárez dirige su película hacia un tramo costumbrista que entronca tanto con ciertos pasajes de la magnífica El bosque del lobo (Pedro Olea, 1970), como con los capítulos dirigidos por Mario Camus para la serie de televisión Curro Jiménez (1976-1978).




Tras poner en escena ambos pasajes, Suárez cierra filas sobre el interior físico del pazo, y el emocional, sensual y sobrenatural de sus habitantes. La trama es clásica y los medios son los propios de una producción de terror en España durante aquella época —de hecho no son pocas las ocasiones en las que la silueta penitente del fraile recuerda a los templarios del cine de Amando de Ossorio—, pero Suárez impone su narrativa, moviendo la cámara en el interior del pazo con una soltura y elocuencia no ya sorprendentes para el lugar y la época, sino perfectamente equiparables (e incluso deseables) para producciones británicas de mucho mayor lustre.
Una vez presentados todos los personajes y factores, Beatriz se centra en la acertada combinación que Suárez hizo de los dos cuentos de Valle-Inclán, y el cineasta carga todo el peso sobre un quinteto excepcional de personajes principales y secundarios.
Las interpretaciones de Carmen Sevilla como la condesa —su hieratismo y la ausencia de los dedos de la mano que cubre con un guante son algo excelente—, Nadiuska como la criada Basilisa, Sandra Mozarowsky en la piel de Beatriz, José Sacristán como Máximo Bretal —un personaje que responde, además de a la interpretación del actor, a un magnífico guion que bebe del autor original y nutre al personaje con reminiscencias del Estudiante de Salamanca de Espronceda, la arrogancia sabia del propio Valle-Inclán, y la duda siempre determinante de quien solo pretende saber que no sabe nada para obtener algo a cambio—, y la Saludadora, nexo entre la realidad y la necesaria leyenda a cargo de la enigmática Elsa Zabala.








En Beatriz, un cuento sobre la hija poseída por una maldición errante que viaja en el cuerpo de un gato negro que cambia el destino de la muerte, Gonzalo Suárez bien podría haberse limitado a jugar las bazas clásicas del terror gótico y el cuento de brujas, y lo cierto es que a nivel cinematográfico su película habría funcionado. También podría haberse ceñido a las demandas mayoritarias del público de la época, y ceder la presencia de Nadiuska, Carmen Sevilla y Sandra Mozarowsky a los dictados del Cine S. Pero Beatriz es la obra de un cineasta y una serie de intérpretes entregados a la narrativa y a demostrar, que, más allá de los estereotipos, tenían un estupendo trabajo que hacer.
Así, con las cartas ya expuestas, Suárez desarrolla la historia con la clara intención de exprimir al máximo la narrativa. Pasiones —ya sean vitales o de otra índole— silenciadas e insinuadas mediante miradas firmes, enmarcadas a través de las ventanas (el cristal, siempre aliado con aquellos que buscan el saber), o en planos generales que dan voz a la ambientación y caracterización de una suerte de bestias humanas y primarias en lo que parece una fascinante desvirtuación del carnaval. Miradas encerradas en el mínimo espacio del plano, endurecidas y enfurecidas mediante la estupenda fotografía costumbrista y fantasmal de Carlos Suárez, pródiga en tonos similares a los de la tierra que, antes o después, cubrirá a los personajes de esta desgraciada historia.











La trama avanza y encamina su vehemente contención hacia un estallido de violencia que Suárez aborda con una inteligencia notable, eludiendo las absurdas demandas del destape, y aproximando su película al silencio salvaje que, bien puede emparentarse con el narrado por Sam Peckinpah en Straw Dogs (1971), pero que al mismo tiempo no necesita ninguna similitud que la avale, pues Beatriz se basta por sí sola para alzarse como la magnífica película que es. Una película capaz de auspiciar los futuros laberintos de Guillermo del Toro, pero sin la necesidad de proyectar nada más allá de los vastos territorios que expone ante el espectador.








Tras las pasiones silenciadas y el terror oculto en los bosques del norte, Beatriz libera a sus personajes, que, a instancias aquella especie de nigromante narrativo y enfurecido que fue Valle-Inclán, abandonan la tierra velada por la bruma. Como en todo cuento gótico de terror que se precie. Como en esta magnífica y olvidada película de Gonzalo Suárez acerca de un gato negro, una bruja, la carne y el demonio.
Película disponible en FLIXOLÉ:
https://ver.flixole.com/watch/5f31ac39-c1dc-4aaf-937f-0736e8abaa6a
Feliz viaje de vuelta hacia la noche. #SHADOWSRULES
David Salgado Marcote.
©24 sombras por segundo. Octubre 2026.
