DERSU UZALA. EL SOL NACIENTE SOBRE LA TAIGA.
Hace cincuenta años, Akira Kurosawa, uno de los máximos exponentes del arte de contar historias mediante el cine, compuso su particular rapsodia sobre Dersu Uzala.

Hace algo más de cien años, entre 1921 y 1923, el militar y explorador ruso Vladímir Arséniev publicó un libro sobre su estancia en la cuenca del río Ussuri durante la misión para cartografiar la zona que le había sido encomendada. En ese viaje conoció a un cazador local, Dersú Uzalá, con el que el entabló una profunda amistad alimentada por el conocimiento, filosofía vital y sensibilidad del cazador.
Ese encuentro vital que engendró la novela de Arséniev ocupó su lugar en el cine catorce años antes de la obra maestra de Kurosawa. En 1961, el olvidado pero notable director armenio Agasi Babayan llevó a cabo la primera adaptación de la novela con su película homónima, una breve y sencilla pero muy eficaz y entretenida historia narrada en clave de aventuras clásicas que, si bien no alcanza la maestría del japonés, aborda los aspectos humanos y filosóficos con una sensibilidad muy considerable.
Babayan hizo de las crónicas del explorador soviético una bonita y muy eficaz película de aventuras, pero fue Kurosawa quien iluminó la taiga con la belleza descomunal del sol naciente.
Dersu Usala narrado a la manera de Kurosawa es una de las mejores películas del mundo.
FANTASÍAS DRAMÁTICAS, POR AKIRA KUROSAWA.
Dersu Uzala —conocida como El cazador en nuestra lengua— es una película estrictamente ceñida a los cánones de las relaciones humanas en la que debería ser su forma más natural, tanto en lo que atañe a la familia como al entorno laboral y la amistad, eje sobre el que pivota la historia.
Sin embargo, en este ejercicio que mezcla la naturaleza con el humanismo están presentes una serie de elementos que —si bien se ciñen por completo a las reglas naturales— muestran la realidad bajo un aspecto fantástico, como si se tratase de una serie de fantasías dramáticas con las que Kurosawa eleva exponencialmente la belleza de una historia que ya de por sí resulta conmovedora.
No es por casualidad que varios de sus pasajes formen sociedad cinematográfica con algunos mitos y leyendas del género fantástico, o incluso de la ciencia-ficción.
No es ningún secreto el que sin la película de Kurosawa, La fortaleza escondida, la saga Star Wars creada por George Lucas no existiría, o al menos habría sido radicalmente diferente.
Pero hay más legados por parte del maestro japonés que no reciben el mismo reconocimiento; concretamente dos secuencias de Dersu Uzala en las que el humanismo y la amistad son las principales fuerzas en las que la enorme belleza de la película se sustenta, pero que se aparecen al espectador bajo una forma fantástica.
En una de esas secuencias, Dersu Uzala (Maksim Munzuk) charla con su amigo Vladímir Arséniev (Yuriy Solomin) ante una puesta de sol que convive en su ocaso con la figura naciente de la luna.
Kurosawa elabora un lienzo que combina los tonos crepusculares del día con los de la noche incipiente, como un equilibrio silencioso entra la vida y la muerte, una constante en la naturaleza a la que Arséniev estudia en aras de un progreso que pretende ignorarla. En su conversación, Dersu Uzala se refiere a la luna y el sol —y a todos los fenómenos y habitantes de la naturaleza— como «gente».
Sin «esa gente», le dice a su amigo, la vida para los humanos no sería posible. Ese plano, que muestra una conversación absolutamente terrenal y humana, desprende una belleza enigmática de la que George Lucas se sirvió para la épica y melancólica escena en la que Luke Skywalker contempla los dos soles de su planeta de origen, Tatooine.

En otra de las secuencias de la película de Kurosawa que somete la amistad de ambos protagonistas a la fuerza elemental de la naturaleza, un halo fantástico envuelve la escena. Arséniev y Dersu Uzala se pierden en la taiga, y la noche invernal parece cernirse sobre ellos. Dersu apremia a su amigo para recoger los escasos materiales que la llanura helada ofrece para construir un refugio, y de una escena que parece ceñirse a la necesidad que genera la aventura en busca de la supervivencia, Kurosawa impone su fantasía dramática.




Ese halo que aporta a la historia un aspecto fantástico procede de una especie de «exaltación de la naturaleza», que consiste en una muestra constante del poder cautivador del paisaje como catalizador de la amistad —también exaltada— entre ambos protagonistas, un sentimiento que crece a medida que su camino los dirige hacia lo más profundo del bosque y los conocimientos que guarda, una sabiduría marcada por una insólita pero incuestionable sensibilidad.
Así, a medida que las palabras entre Dersu y Arséniev se adueñan de la reflexión y los sentimientos del espectador, la naturaleza bajo la óptica de Kurosawa induce una sensación similar al sueño.




Dersu Uzala es una especie de tratado fantástico sobre el poder real de la amistad y el verdadero poder del pensamiento.
Es precisamente la amistad el sentimiento que marca los extremos de la película. En los primeros compases de este «vals sentimental» (con permiso de su autor, Chaikovski, quien no tiene relación alguna con esta película), Arséniev acude en busca del lugar en el que algunos años atrás concluyó su aventura con Dersu.
—«¿Qué busca usted?», le pregunta un operario de la explotación maderera que ahora se expande por el bosque.
—«Una tumba», responde Arséniev.
—«Aquí todavía no ha muerto nadie», sentencia el operario.
Sin que el personaje que pronuncia esa sentencia sea consciente, ha concentrado en su respuesta el espíritu de la película, que no es otro que el propio Dersu, quien a pesar de haber muerto años atrás en un bosque que ya no existe, no ha muerto todavía, no ha cedido al paso implacable del supuesto progreso que impone el paso del tiempo. Arséniev se entristece y suspira el nombre de su amigo, invocando el primer movimiento de este vals sentimental que nos conduce tiempo atrás, cuando el bosque todavía era un lugar capaz de hacer brotar una historia de amistad.
Tras esa efímera despedida que ha truncado el reencuentro, Kurosawa se recrea en el tiempo que siempre parece retenido en favor de la emoción y el pensamiento en la profundidad de la naturaleza, incluso cuando los portadores del artificio humano buscan el corazón del bosque para herirlo de muerte.
Arséniev y su cuadrilla se adentran en los dominios que por naturaleza anulan las fuerzas artificiales, y Dersu —ese cazador en el único y comprensible sentido de la palabra— se cruza en su camino para salvar la vida de Arséniev con el único sentido posible; el de la amistad.
No hay el menor indicio de premura en la película de Kurosawa, y sin embargo puede ser observada como una fascinante y extraña Buddy Movie situada en el extremo más opuesto de la geografía y ritmo de ese tipo de películas. Pero la realidad adornada con la fantasía dramática de Kurosawa es que Dersu Uzala es una aventura en la que el corazón late a ritmo lento, lo bastante como para que el espectador —igual que el propio Arséniev— entable una amistad con Dersu de la que aprenderá una nueva forma de observar, de utilizar los sentidos con la mayor sensibilidad.
Toda odisea vital necesita encaminarse en algún momento hacia la tristeza de la despedida; y de la misma forma que ese personaje eremita que encuentran sentado a la puerta de una cabaña como si fuese parte del bosque, o el tigre que no parece recelar demasiado de la cercanía de los humanos, Dersu sabe que alejarse del corazón de la taiga, cruzar las vías del ferrocarril y conocer las costumbres de la gente de la ciudad, lo apartará de la «gente» que el siempre ha conocido: el sol, la luna, el bosque, esa «gente» que un día se irá, cuando todo lo demás se acabe.












Así, la tristeza por la despedida entre ambos amigos puede más que la naturaleza de las cosas, y Dersu abandona su vida en favor de la familia de Arséniev, que lo acoge como un nuevo miembro. Pero Dersu Uzala es «gente» como lo son los amaneceres, los ocasos o el agua de los ríos. Y esa «gente» no puede vivir atrapada en la ciudad, ni siquiera para evitar dañar a una familia con la tristeza de una despedida.


Tras las aventuras que han cambiado para siempre las vidas de los dos, Dersu y Arséniev se despiden, porque así lo dictan las reglas naturales. El segundo y prolongado movimiento de este «vals sentimental» concluye, y tras recibir un telegrama, Arséniev regresa a la taiga, allí donde su amigo le espera, allí donde pese a la muerte vivirá para siempre.



La verdadera tristeza de esta bonita historia de sabiduría y amistad no se encuentra en la despedida o la muerte. La tragedia que sacude el mundo de Dersu Uzala se encuentra en la ausencia del bosque que guarda su tumba. Kurosawa no lo revela al comenzar, pero el que la «gente» que acompañó a Dersu en vida ya no pueda ir a visitar su tumba es la mayor de las tragedias.
Esa tragedia que, tal y como Dersu le contó a su amigo, acabará con todo aquello que en realidad nadie conoce. Excepto tal vez, Dersu Uzala, el protagonista de esta fantasía dramática de Akira Kurosawa, una de las mejores y más hermosas películas del mundo.
Película disponible en FILMIN:
https://www.filmin.es/pelicula/dersu-uzala-el-cazador
Feliz viaje de vuelta hacia la noche. #SHADOWSRULES
David Salgado.
©24 sombras por segundo. Diciembre 2025.
