UN SIMPLE ACCIDENTE.
EL CINE CLANDESTINO DE JAFAR PANAHI.
Un simple accidente no es algo casual, pues no es de extrañar a estas alturas de su carrera que el cine de Jafar Panahi muestre con claridad y aparente sencillez las complejas piezas que articulan el drama y el Thriller, tanto en la vida real como en la ficción.

Prófugo constante de la injusticia del gobierno iraní y alumno aventajado de Abbas Kiarostami —uno de los referentes principales del cine de su país—, Panahi se ha distanciado de su maestro para acercarse a la realidad que vive la sociedad iraní de una forma más concreta, pero con ciertas e intencionadas pinceladas holísticas, pues su cine humaniza profundamente a la vez que desdibuja a los personajes.
Esto no supone una contradicción en su narrativa, se trata de un recurso que va en favor del colectivo, de la humanidad como un ente social que padece las consecuencias de ciertos individuos y sus decisiones.
El mal que se cierne constantemente sobre la población iraní se encuentra en todos los individuos que pueblan el cine de Panahi, no solo en los protagonistas.
Sea cuál sea la historia con la que el director pretende abordar la realidad, todos aquellos que aparecen en pantalla son personajes de sus tramas porque, de una u otra forma, protagonizan la realidad política y social iraní, un ente que puede hacer presa en cualquier individuo y, por lógica extensión, en el colectivo.
Así, a modo de «cartas desde su celda» —ya sea ésta real o figurada—, el cine de Panahi reniega de los pequeños espacios en los que se origina, como en Taxi Teherán (2015), para expandir su mirada a modo de insólito Voyeur que escudriña el colectivo a través de cada individuo como pieza susceptible de formar parte del sistema, independientemente de la posición que ocupe.
En Un simple accidente podemos observar y comprender a la sociedad iraní a través de todos sus personajes de forma individual, pero Panahi incluye en su cine a todo el colectivo, aunque la identidad y la voz de sus miembros permanezcan en el anonimato.
UNA HISTORIA DE VIOLENCIA.
No existe conexión alguna entre la película de Panahi y Una historia de violencia (2006), una de las escasas obras de David Cronenberg en las que se aparta de la «Nueva carne» que caracteriza su cine. Sin embargo, en Un simple accidente también veremos un viaje al desierto, una crisis de identidad y una historia de violencia.
No existe conexión, y aunque Panahi traza un camino en el que la venganza y la ira resultarían totalmente comprensibles —tanto a nivel empático como narrativo—, su particular historia de violencia se expone y desarrolla de forma pausada, recurriendo incluso al humor antes las situaciones terribles que ocurrieron en el pasado de los personajes, y ocurren todavía en el organigrama iraní.
Un simple accidente no muestra la identidad de un solo personaje como protagonista principal. Comienza destacando la presencia de un padre (Ebrahim Azizi), una madre (Afssaneh Najmabadi), y una hija (Delmaz Najafi) que viajan en un automóvil.
La noche oculta el camino que recorren, y en el interior del coche todo parece transcurrir con normalidad. En paz, sin violencia. Pero hay algo entre esa familia y el exterior, una historia de violencia invisible en ese presente retratado por Panahi, hay un pasado que parece perdido en la oscuridad y el camino que queda atrás, hay algo en esas breves apariciones de los perros en los márgenes de la carretera, algo que finalmente cambia el tono de la secuencia y esboza la identidad de los personajes.
En la oscuridad, y más allá de lo que parece ser su intención, el padre atropella a uno de esos perros. «Lo has matado», le recrimina con intención su hija; pero ha sido un simple accidente. La familia continúa su viaje, pero el coche se avería debido al accidente, aunque por suerte lo hace a las puertas de un taller en el que pueden ayudar a la familia a regresar a casa.

En ese taller, Panahi descubre la presencia de un extraño personaje, Vahid (Vahid Mobasseri), que observa de forma temerosa —y un tanto sospechosa— la presencia de la familia. Cuando ésta sigue su viaje, Vahid decide seguirlos y espiarlos a cierta distancia aprovechando la oscuridad, como uno más de los perros que al borde de la carretera observaban y perseguían a los viajeros que aparentemente nada saben de ellos.
La noche termina, y a la luz de un nuevo día, Vahid —sin revelar más información acerca de sí mismo— sigue observando de cerca al padre, al que Panahi integra en la rutina social iraní. De pronto, y sin ningún tipo de explicación previa, Vahid agrede y rapta al padre; Panahi cambia el entorno colectivo y urbano por la soledad del desierto, nuevo escenario que reduce la historia a dos personajes y una tumba abierta cavada por Vahid, que pretende enterrar vivo al padre.
El espectador comparte la estupefacción y el temor del padre, que cegado con una venda por Vahid, lanza preguntas al aire que intentan impedir el crimen y hallar los motivos del ataque. Es entonces cuando, lejos del colectivo silencioso, Vahid desvela la identidad del padre y sus motivos para agredirlo.



Eghbal (Ebrahim Azizi), ese padre que no comprende nada es a ojos de Vahid un antiguo torturador al servicio del gobierno iraní, que capturó y torturó física y emocionalmente a varias personas, dejándoles graves secuelas, como la que afecta a la espalda de Vahid, ahora impedido para llevar una vida normal en la que ya lo ha perdido todo, y en la que se ha presentado el inesperado aliciente de hacer justicia mediante la venganza.
En el desierto, lejos del bullicio urbano en el que todos sus habitantes pueden ser víctimas o verdugos, pero siempre parte del sistema iraní, Vahid duda, no de su determinación, pero sí de la veracidad de su conclusión. Por eso debe volver a la ciudad con su cautivo —ahora cegado y encerrado en un baúl en la furgoneta de Vahid, ínfimo escenario desde el que Panahi expande su cine, como hiciera Robert Bresson en Un condenado a muerte se ha escapado (1956)—, para que Un simple accidente pueda extenderse a través de una serie de individuos cuyas identidades personales también están supeditadas a la que parece ser la única realidad colectiva.
Vahid invierte el camino de su venganza, y poco a poco, de personaje en personaje, construye una historia de violencia que Panahi narra a modo de odisea plagada de protagonistas que enfrentan un pasado común en manos del horror con sus respectivas formas de sobrellevar el presente.
Shiva (Mariam Afshari), una fotógrafa de bodas que se encuentra precisamente trabajando con la pareja formada por Golrokh (Hadis Pakbaten) y Ali (Majid Panahi), reciben la inesperada visita de Vahid, quien ha llegado a ellos tras intentar sin éxito que su amigo Salar (George Hashemzadeh) le ayudase en su misión.



Así, en base a la aventura iniciada por Vahid, se forma un pequeño grupo de víctimas de Eghbal, grupo al que se incorpora Hamid (Mohamad Ali Elyasmehr), el más vehemente y —en ciertos aspectos— lógico de esta insólita reunión.
A través de sus recuerdos, del olor corporal desprendido por Eghbal y del sonido que su pierna amputada emite al moverse (un sonido que permanece en las mentes de todos los personajes como el distintivo común del horror y la identidad del torturador), el grupo inicia un viaje en la furgoneta de regreso a la tumba abierta en el que recorren de nuevo la ciudad.
En ese viaje de regreso el humor de Panahi revela la realidad social, con dos guardias de seguridad que llevan un datáfono para aceptar sobornos, o la furgoneta con una novia a bordo que se queda sin combustible y ha de ser empujada en pleno día hasta una gasolinera en la que un empleado también intenta obtener su parte por guardar silencio.


A lo largo de ese trayecto sus diferentes puntos de vista y prioridades vitales provocan una serie de conflictos internos de los que surge una irónica historia de violencia paralela a la principal. Todos desean que el secuestrado sea su torturador, pero ninguno puede estar totalmente seguro, y todos saben que en realidad la única forma segura de terminar ese viaje es cerrar la tumba abierta en el desierto.
Allí, mientras debaten y piensan en el tiempo que corre en su contra, la antigua pareja formada por Shiva y Hamid reflexiona en base a sus recuerdos sobre una función de Esperando a Godot a la que ambos asistieron, pero como en la obra de Samuel Beckett, la respuesta que aguardan no se presentará.
Un simple accidente invierte los términos de su odisea, y una vez que ha presentado a los individuos del colectivo, retorna a la sociedad que oculta las identidades.
En ese camino de regreso en el que los nuevos verdugos no solo han sido humanos incapaces de servir a la violencia, sino que han tenido que asistir al nacimiento del nuevo hijo de Eghbal, llevando a su mujer y su hija al hospital y pagando un nuevo soborno, todo se diluye de nuevo en la noche, y allí, cautivo y cegado por una venda en los ojos que —como el sonido de su pierna en las vidas ajenas— ya forma parte de sí mismo, Eghbal confiesa su identidad ante la de aquellos a los que no ha visto en ningún momento.









La historia de violencia, que comenzó una noche tras un simple accidente, fracasa en su venganza y triunfa en favor de la humanidad de todos los individuos del colectivo. Pero ese no es el final del camino.

Después de todo, Godot aparece en escena. Invisible pero real, como esos perros en la carretera nocturna, como esos individuos que habitan tras la venda en los ojos. Como un simple accidente, el sonido regresa para terminar su historia de violencia.
«Lo has matado», acusó la hija de Eghbal aun desconociendo su identidad. Y tal vez tenga razón…
Película disponible en FILMIN:
https://www.filmin.es/pelicula/un-simple-accidente
Feliz viaje de vuelta hacia la noche. #SHADOWSRULES
David Salgado Marcote.
©24 sombras por segundo. Abril 2026.
