MIROIRS Nº3. SER Y NO SER.
Miroirs nº3, el nuevo cuento filmado por Christian Petzold, bien podría tratarse de una pieza musical que aborda sentimientos taciturnos cuyo tono gris contrapone un ambiente que parece evocar (e invocar) el aire suave y cálido del verano.

Es casi un hecho incontestable el que, tras Éric Rohmer, Christian Petzold es el cineasta europeo más afanado y atinado en crear historias a modo de cuentos estacionales. Esto se hace especialmente patente en las maravillosas Ondina (2020) y El cielo rojo (2023), dos películas centradas en aspectos cotidianos en los que prácticamente cualquiera puede reconocerse, pero a la vez dotadas de un poder mágico tan poderoso como extraño y sutil.
Esa rutina trufada con leves elementos fantásticos se contagia y expande por todo el recorrido físico y emocional que supone Miroirs nº3, una película que posiblemente resulte más discreta en cuanto a narrativa que las dos obras anteriores de Petzold, pero que —tras acudir a ella en varias ocasiones— crece de forma exponencial.
Ser y no ser, podría ser la variante de la máxima establecida por Shakespeare en este cuento de aires a la vez grises y estivales, pues en Miroirs nº3, existen simultáneamente dos posibles identidades que la tristeza necesita hacer realidad.
EL RÍO QUE NOS LLEVA,
POR CHRISTIAN PETZOLD Y PAULA BEER.
Un rostro triste y pensantivo observa el cauce de un río. Ignoramos las razones por las que parece pensar en algo doloroso, y también desconocemos los motivos por los que la posibilidad de una decisión terrible impregna la secuencia, pero así es.
En un río que nos lleva a estas sensaciones, Petzold y la actriz Paula Beer inician una historia cuyos orígenes y motivos permanecerán en secreto permanentemente. Hay un personaje que sufre, y el río actúa a modo de espejo que refleja ese dolor en la superficie, en sus formas constantemente cambiantes, y en el fondo alberga el remedio definitivo para aquellos que han perdido la esperanza.
Se trata de una secuencia breve compuesta por escasos planos, pero Beer —vestida con ese desvencijado jersey estampado con la figura de un elocuente <<patito feo>>—, contrasta su inmensa tristeza con el verano que Petzold parece esbozar.




Miroirs nº3 comienza de forma sutil y eludiendo las palabras, pero ese río que nos lleva desborda de narrativa, como es habitual en el maravilloso cine que Beer y Petzold logran llevar a cabo.
El río nos lleva a la carretera, en la que Laura (Paula Beer) y su novio Jakob (Philip Froissant) inician un viaje que habían planeado realizar con unos amigos. El coche —y el ánimo e intención de los viajeros— avanzan por la carretera, excepto en el caso de Paula, que mira atrás, incapaz (o tal vez no esté dispuesta a hacerlo) de abandonar la tristeza que la acompaña desde el inicio de la película, o incluso desde un punto anterior en el hipotético espacio temporal de la película.
Paula mira hacia atrás, hacia sí misma, tal vez hacia ese reflejo en el río; y en un punto del camino mira hacia los márgenes. Allí, más allá del río y la carretera que traza esta extraña variación de una Road Movie, Paula enfrenta por primera vez su mirada con la de Betty (Barbara Auer), un personaje que Petzold utilizará a modo de punto de inflexión para todos los protagonistas de la historia, y como umbral entre la realidad y las infinitas y desconcertantes posibilidades que la fantasía ofrece cuando se proyecta con la tragedia como punto de partida.



Betty y Paula experimentan en ese encuentro fugaz las sensaciones de un primer reflejo, un breve destello que Paula todavía no comprende y Betty no está segura de poder admitir. Pero el poder del cuento que Petzold narra es implacable. El coche sigue su camino, llega a su destino, y allí, ante el irónico punto en que el viaje continuará en una embarcación para llegar a un lugar de «aguas cristalinas» totalmente opuestas a las opacas del río inicial, Paula decide regresar.
Su tristeza se vuelve vehemente, hasta rayar en un visible enfado que sus compañeros de viaje toman por una rabieta infantil, pero su decisión es firme, y tanto Petzold como Beer economizan el tiempo invertido. En pocos gestos y tiempo y palabras mínimas la película vuelve por donde vino; entonces, cuando las palabras surgen de la lógica incomprensión por parte de Jakob, surge súbita y violentamente el segundo encuentro.
La segunda imagen reflejada entre Laura y Betty concede más tiempo a las dos para asumir algo que auspicia una nueva realidad basada en hechos a priori extraños o a la postre imposibles. El efecto espejo en esta ocasión mucho más acusado, y a la tristeza no declarada de Laura se suma la de Betty, que parece admitir en esta ocasión el hecho fantástico que está contemplando.
La realidad es simple, el coche se ha salido de la carretera y ha estado a punto de atropellar a Betty en la valla de su casa, junto al camino que atraviesa el bosque. Pero la fantasía es muy compleja. Tras el segundo de los reflejos, el coche sigue su camino de retorno, pero Petzold retiene la mirada en la vista de Betty, y el sonido nos devuelve a la realidad. El coche vuelve a salirse de la carretera para, esta vez, concluir el viaje planeado, que acaba con la vida de Jakob e inicia el retorno a la nueva identidad de Laura.
En este breve tramo del camino recorrido por la película, Petzold ha ido dejando «miguitas de pan», que guían la realidad hacia el cuento, ahora ya en manos de Betty, erigida en una especie de bruja que atrae a sus dominios a Laura, perdida en su bosque particular al borde del río, mucho antes de que esta historia comenzase.
Así, el juego de espejos que Petzold propone entre la realidad que atenaza a Betty y Laura, y la necesidad de detonar y desarrollar los elementos fantásticos de la película hace de Miroirs Nº3 un pequeño universo particular en el que la música (protagonista más allá de la pieza homónima de Maurice Ravel, que resulta un elemento recurrente en la sensibilidad y las manos de Laura), y la ausencia de palabras procedentes de la realidad que derriben completa y definitivamente la fantasía necesaria para seguir viviendo, son los verdaderos asuntos en los que la película se adentra.
Tras el accidente y sus fatales consecuencias, Betty acoge a Laura en su casa, y el efecto espejo inicial alcanza una proporción desmedida cuando, debido a la profunda tristeza que siente por la muerte de su hija, Betty comienza un proceso de intercambio en que Laura adoptará la identidad de la hija perdida.
Poco a poco, y sin acciones especialmente reforzadas por el dramatismo, Betty transforma a Laura en la proyección de su hija que su mente necesita para vivir en paz, o al menos lo más alejada posible del inmenso dolor que ha hecho de su existencia algo sin esperanza, hasta que la repentina aparición de Laura y su inexplicada tristeza resucitan a su hija.
Desde un inocente cambio de ropa tras el accidente, hasta la relación basada en extrañas coincidencias que estrechan la relación entre Laura y el marido e hijo de Betty, Richard (Matthias Brandt) y Max (Enno Trebs), Laura disipa su tristeza a través de las notas que interpreta en el piano y la relación que parece surgir con Max, mientras éste y su padre ven como su familia vuelve a descomponerse ante la muerte, ahora vencida por el empeño de Betty en recuperar a su hija mediante la presencia de Laura.









El cine de Petzold puesto en manos de Paula Beer trata las emociones en general y la tristeza en concreto con una delicadeza excepcional, tanto como para que ni siquiera en los momentos álgidos de la tragedia o la locura la película aumente el ritmo. Todo ocurre como en los pensamientos de origen y destino desconocidos de la secuencia de apertura, todo ocurre sometido a una extraña calma que se desliza como el cauce de ese río, de ese aire de cuento estival de leves tonos grises entre los que Laura y su nueva familia pasean en bicicleta, charlan o se observan en silencio mientras la realidad invade poco a poco el terreno de la fantasía.






Petzold es un narrador pausado y delicado, pero no muestra clemencia ante la realidad. «Ser y no ser», parece decir su cuento fantástico, pero los espejos se rompen, la fantasía se diluye en fragmentos y la tristeza vuelve a Miroirs Nº3. Una, la de Laura, se mantiene insondable, la otra, la que atormenta la mente y la familia de Betty, muestra su imagen nítida y permanece firme.
Como la tragedia, como el cauce del río que, antes o después, nos lleva.
TRÁILER de la película:
https://www.youtube.com/watch?v=mBLKSJQckOg
Feliz viaje de vuelta hacia la noche. #SHADOWSRULES
David Salgado Marcote.
©24 sombras por segundo. Enero 2026.
