THE MASTERMIND. AMÉRICA, AMÉRICA, POR KELLY REICHARDT.
No hay en The Mastermind —la nueva película de la gran cronista estadounidense que es Kelly Reichardt— nada que aparentemente enlace esta película en concreto con la exaltación general del género dramático que supone la magistral América, América (Elia Kazan, 1963). Sin embargo, Reichardt sí puede ser considerada como una de las mejores narradoras de la idiosincrasia estadounidense de los últimos treinta años.

Desde aquella River of Grass (1994), fronteriza entre el estilo independiente de los años noventa del pasado siglo y las formas visualmente más depuradas que adoptaría desde Wendy & Lucy (2008) en adelante, hasta sus producciones más respaldadas tanto a nivel de producción como de reconocimiento entre su relativamente reducido público, Reichardt ha llevado la esencia de su país —siempre más gris que teñida del verde de las praderas y el azul del cielo— por donde su melancólico y extraño sentido de la amistad entre los protagonistas más favorece a las historias que cuenta.
Así, tanto en sus insólitos y estupendos Westerns, Meekk’s Cutoff (20109 y First Cow (2019), como en sus narraciones de corte social en las que las decisiones individuales o de grupos muy reducidos han de hacer valer sus propósitos y sentimientos, Reichardt cuenta a su manera —siempre un tanto triste y cercana a la prosa poética propia del gótico sureño— la historia de su país, por lo que sí puede hacer suyas esas palabras de Kazan: América, América, solo que pronunciadas de forma discreta, sin el poder dramático de las grandes tragedias.
El cine de Reichardt es austero a la hora de contar la verdad, muestra las situaciones y sentimientos reales como un susurro o una mirada furtiva al vacío. No hay épica en sus representaciones de la vida y sus constantes posibilidades dramáticas, pero la «serena desesperación» con la que Tennesse Williams definió la mayoría de las vidas se manifiesta en todo momento.
The Mastermind transcurre sin que nadie —personajes o espectadores— parezcan percatarse de lo que ocurre. Pero todo está ahí, en el interior del poderoso drama…
GREY, GREY SKY OF HOME.
«Green, Green Grass of Home», escribió Claude «Curly» Putman Jr. a mitad de la década del descontento, una canción escrita a modo de retorno y redención imposibles, y destinada a convertirse en una de esas baladas míticas entonados por forajidos que caminan hacia la última puesta de sol, personajes con algo extraño y fascinante en la mirada. Reichardt hace suyo ese mito y cambia el color verde de la última esperanza por un cielo que expande su permanente color gris hasta donde alcanza la vista.
Hay un momento cuya tristeza y desesperación resultan especialmente elocuentes y hermosas entre los incontables retazos breves y silenciosos que componen la dolorosa unidad de la nueva demostración del talento gigantesco de su autora.
En ese momento, el protagonista, James Blaine Mooney —interpretado por Josh O’Connor, el que posiblemente sea el mejor delincuente del cine en el siglo XXI hasta la fecha, tras su paso por La Chimera (Alice Rohrwacher, 2023) y esta The Mastermind—, en ese momento dotado con sensibilidad y narrativa infinitas, Mooney espera un autobús nocturno que oculte su identidad entre los desconocidos que, de una u otra forma y por alguna u otra razón, huyen como fugitivos acorralados.
Mooney espera el autobús, y a su espalda, en una pared sobre la que parece descansar, lamentarse o aguardar una oportunidad, un tipo que bien podría ser uno de esos Bluesman que recorrieron los Estados Unidos en busca del siguiente refugio, hay una pintura del Tío Sam llamando a filas a todo aquel que sea lo bastante joven e insensato, o se encuentre en una encrucijada en la que la pérdida de la identidad y el pasado sean la única opción.
En ese momento, Mooney —ya transformado física y emocionalmente en una especie de Huckleberry Finn o cualquiera de los buscavidas que nacieron al desamparo de la Gran depresión—, espera el autobús, y Reichardt, como la inmensa cineasta que es, deja a su espalda y a la vista del espectador la otra opción que en silencio le ofrece un país sumido en otra de sus crisis sociales y económicas, pues The Mastermind no transcurre en aquéllos años 20 y 30 plagados de buscavidas, transcurre en los setenta y su ambiente gris de aire cargado de combustible quemado y suciedad, mientras las imágenes de Vietnam y Nixon recorren el mundo al que se supone que Estados Unidos pretende servir como ejemplo.



No ese ese el único retazo maravilloso que compone The Mastermind, porque todo en esta aventura de un tipo marcado por la ilusión y el infortunio es sensacional, pero esa encrucijada resulta preciosa.
The Mastermind comienza con las manos de Mooney siguiendo su instinto y su necesidad. Como Robert Bresson en Pickpocket (1959), Reichardt muestra el juego de manos de su personaje, pero lo lleva a un lugar muy alejado en el espacio y el tiempo del buscavidas francés.
En 1971, en un modesto museo de una de las miles de poblaciones que nadie buscará jamás en un mapa de los Estados Unidos, James Blaine Mooney comienza su plan maestro para robar una serie de cuadros en el museo. Pero a Mooney, ese desgraciado de aspecto bondadoso y derrotado que Reichardt parece haber extraído del cine negro, el de Frank Capra y los hermanos Coen para elaborar su propia criatura, a Mooney nada le saldrá bien porque Reichardt lo ha marcado con la señal del infortunio.






En esta tragicomedia, Reichardt no retrata los años setenta con la suciedad insoportable que desprendía el cine de la época, no lo hace porque su visión es subjetiva. A ojos de Mooney, la aventura del buscavidas desgraciado y su torpe compañía de secuaces no solo es posible, sino que tiene toda la razón de ser del mundo.
Mooney se equivoca, por supuesto, y obra mal. Pero no es un delincuente en el sentido habitual, es un niño que renuncia a alcanzar la madurez por las vías tradicionales que han destruido emocionalmente a los miembros de su familia, él alcanzará su madurez viviendo una aventura, la necesaria para dar ese gran golpe y obtener la vida que tanto él como su familia rendida a la tristeza necesitan.
Mooney caerá abandonado bajo la losa gris porque es un tipo sin suerte, pero Reichardt rebaja el tono, y deja que una leve capa de colores pálidos muestren la naturaleza de un tipo condenado a fracasar y no rendirse.








The Mastermind se recrea literalmente en la pausa, todo es urgente aquí, pero como la acertada e improvisada música de Jazz con la que Rob Mazurek juega con la atención del espectador, todo tiene su tiempo de espera. El caos, siempre aliado en favor de la comedia y en contra del desgraciado, domina la primera parte de la película, pero hace que todo ocurra despacio.
Después de ese tramo tragicómico perlado de patetismo, Reichardt abandona la caricatura del ladrón hábil y triunfador para sumir la película en una tristeza inmensa. Mooney ya es ese nuevo Huckleberry Finn que recorre el país atrapado en una crisis eterna, Reichardt reconduce el espíritu de aquel indomable legendario que fue Paul Newman en Cool Hand Luke con el que Stuart Rosenberg retrató la tristeza irreverente, y hace de Josh O’Connor su desgraciado, estúpido y entrañable héroe caído particular.







Mooney camina en The Mastermind hacia el fracaso y la desdicha por una senda a la que Reichardt impone el mejor de los ritmos pausados. Y allí, en la última encrucijada que tal vez no sea más que un nuevo camino hacia el fracaso, James Blaine Mooney nos recuerda que esta es la historia de un tipo sin suerte.
Película disponible en MUBI:
https://mubi.com/es/es/films/the-mastermind
Feliz viaje de vuelta hacia la noche. #SHADOWSRULES
David Salgado Marcote.
©24 sombras por segundo. Enero 2026.
