EL EMPERADOR DEL NORTE.
ROBERT ALDRICH, DESPUÉS DE TODO.
El emperador del norte comparte con su autor cinematográfico, Robert Aldrich, una característica fundamental: ambos sirven a modo de cronistas de la esencia e historia estadounidense.

Aldrich fue uno de esos cineastas que vivió y filmó en un período difícil por un lado y prolífico por otro. Cuando la Segunda guerra mundial llegaba a su ocaso —y en los primeros años tras su finalización— se gestó un pequeño grupo de grandes autores, precursores (en mayor medida de la que suele reconocerse) del estallido contestatario, sucio y violento que supuso el cine estadounidense de la década de los setenta.
Aquel primigenio y reducido grupo salvaje pasó a la historia como «La generación de la violencia», compuesta oficialmente por Anthony Mann, Don Siegel, Nicholas Ray, el propio Robert Aldrich, Richard Brooks, Richard Fleischer, Samuel Fuller y Sam Peckinpah. Sin embargo, y a título extraoficial, creo que Arthur Penn y John Frankenheimer deben formar parte de esta agrupación, que fue decisiva para el devenir del cine de su país.
Aldrich no es el miembro más célebre de este impresionante grupo, pero su cine recorrió el camino del Western, la guerra, la desolación emocional ligada al terror, el cine negro, el cine épico e histórico, el mundo del crimen, las aventuras y la acción. En poco más de dos décadas, Robert Aldrich captó la esencia estadounidense desde prácticamente todos los géneros, y aunque su cine es un tanto irregular, firmó un puñado de películas sensacionales con un rasgo común: un marcado halo de desesperación, de renuncia y despedida por parte de sus personajes ante ciclos vitales o mundos abocados a su inevitable final.
El emperador del norte ocupa un puesto crepuscular en la filmografía de Aldrich, pero esto no es solo una cuestión cronológica o derivada de la escasa e injusta ausencia de reconocimiento que padece la película, se trata también de uno de los elementos principales que sustentan esta historia de perdedores airados y envueltos por un halo tan hermoso como triste.
Después de todo, Robert Aldrich seguía vivo y salvaje. Lo bastante como para filmar al menos una gran película más.
SUCIOS, HAMBRIENTOS Y FURIOSOS.
LAS OTRAS UVAS DE LA IRA.
Hay algo seminal en el año 1973 del cine estadounidense en lo que a su relación con los años 30 se refiere. Aquel año, mediante la magistral obra de George Roy Hill, The Sting, se inició el camino hacia Chinatown (Roman Polanski, 1974), que pudo mostrar la cara oscura y decadente de aquello que Roy Hill contó un año antes, y pudo hacerlo precisamente gracias al descomunal éxito que The Sting experimentó ente el público.
Entre ambos extremos, y recurriendo al lado cómico y entrañable de la factoría de buscavidas que supuso la Gran depresión, Peter Bogdanovich filmó, también en 1973, su particular cuento picaresco. Paper Moon mostró la sonrisa y la inventiva en medio de la desolación.
Así, una visión adaptada a todos los públicos de la picaresca hambrienta y granuja de los violentos años treinta se hizo de oro en la taquilla y se convertiría en un mito universal, dando luz verde a otra pieza magistral, mucho más cruda y sucia. Y entre ambas el clan O’Neal equilibró un tanto la tragedia a favor de la comedia.
Pero aquel golpe de efecto de Roy Hill no fue la única crónica de los años 30 que en pleno 1973 lo arriesgó todo a una carta sin aparentes posibilidades de ganar.
The Sting se llevó la fama y el reconocimiento imperecederos, pero antes de la cruenta suciedad de Chinatown, Robert Aldrich llevó a cabo sus propias uvas de la ira, su propia crónica de la depresión estadounidense reflejada en rostros sucios, hambrientos y furiosos.
John Ford bebió Las uvas de la ira de John Steinbeck, y de una obra monumental surgió otra. Para su visión particular de aquellos días de sudor y hollín ferroviario en las manos y las caras de los vagabundos, Aldrich partió de otro gigante literario estadounidense. En 1907, Jack London publicó The Road, una serie de relatos a modo de memorias que narran sus días como vagabundo durante la depresión económica anterior a la de 1929.




Aldrich se sirvió del guion que Christopher Knopf escribió a partir de las novelescas andanzas de London, y mezclando el halo melancólico de los cuentos sureños filmados en Estados Unidos a lo largo de la década anterior, su amplia experiencia y dominio del Western, y la vehemencia y suciedad propia de los Thrillers de los años setenta, construyó su propia línea del ferrocarril.
El emperador del norte comienza y desarrolla una parte considerable de su metraje heredando el aspecto del cine dramático y denso de la década de los sesenta. De hecho algunas de sus secuencias y personajes bien podrían haber formado parte de The Chase (La jauría humana. Arthur Penn, 1966).
Aldrich no abandona este aire denso que parece extraído de un verano eterno entre pantanos sureños, y la presentación de los personajes como vagabundos granujas más dados al azar del juego y el destino que a la búsqueda de oportunidades reales se ciñe a esa narrativa, pero la irrupción de Ernest Borgnine conduce la película al corazón de la época a la que realmente pertenece: los años setenta.
Shack (Ernest Borgnine), un vigilante ferroviario, recorre las vías estadounidenses con un solo propósito: localizar y expulsar por el medio que sea necesario a los numerosos vagabundos que en plena depresión viajan en los trenes como vagabundos. Dos ellos, el veterano Nº1 (Lee Marvin) y el joven Cigaret (Keith Carradine) desafían constantemente su autoridad y ponen a prueba su valía, subiendo y bajando del tren en el que Shack establece con ellos una especie de duelo en continuo movimiento.




A lo largo de interminables kilómetros de vías, Nº1 y Cigaret entablan una inestable amistad en la que los egos de ambos luchan por obtener el liderazgo entre los vagabundos del país, un mundo particular en el Nº1 es el rey y su nuevo colega el aspirante. Un mundo en el que los desamparados apuestan por la posibilidad de que Nº1 consiga burlar a Shack y llegar en el tren al destino final. En ese sentido —el de la apuesta por la finalización del viaje— la película de Aldrich entronca con otra gran olvidada de la época, Vanishing Point (Punto límite: Cero. Richard C. Sarafian, 1971).
El emperador del norte se centra en un viaje en el que los dos vagabundos lucharán entre sí y contra la violencia y la furia desatada de Shack, bajando y subiendo del tren intermitentemente y viviendo insólitas situaciones entre los extraños personajes que pueblan los Estados Unidos completamente abandonados a su suerte.
Si bien el sustrato de la película es el extraordinario carisma de Lee Marvin y el furioso y enloquecido afán de Ernest Borgnine, es cierto que la pléyade de secundarios que habitan en los márgenes de las vías —entre los que se encuentran nada menos que Elisha Cook Jr., Simon Oakland y Charles Tyner—, nutre considerablemente una historia que muestra el exterior desesperado y los interiores de los humanos enardecidos mediante la preciosa y precisa fotografía de Joseph F. Biroc, otra de las grandes bazas de la película.








Así, Aldrich crea una crónica heterogénea en la que el Western se alía con la acción, el drama de aires sureños, la aventura y la violencia, siempre dispuesta a estallar de furia en el rostro de Borgnine, más histriónico que nunca en su fijación continua por batirse con su enemigo. El tren avanza imparable, sortea todo tipo de dificultades y los géneros de la película estrechan sus lazos hasta converger en el Western, naturaleza primigenia del cine de Aldrich, y todo se reduce a un duelo entre los dos vagabundos y el vigilante.



Borgnine, Marvin y Carradine se enfrentan por el reinado del ferrocarril entre los olvidados. Y durante un breve espacio de tiempo, los tres ocupan la cima del mundo que conocen y ansían conquistar. Pero estas oscuras uvas de la ira no tienen sabor a victoria. El duelo concluye y el tren sigue su eterno camino a través de la tierra desolada.
No hay victoria posible, no hay un verdadero número uno en este emperador del norte que rueda sin cesar sin más rumbo que el mantenido por los vagabundos que viven en los márgenes del camino. El tren emite un silbido triste y exhala su aliento oscuro ante las miradas de seres sucios, hambrientos y furiosos.
No es por azar que el origen de esta película se encuentre en la literatura de Jack London. No es por azar que esta poesía dramática y violenta fue compuesta.
Película disponible en este ENLACE:
https://m.ok.ru/video/4311743924867
Feliz viaje de vuelta hacia la noche. #SHADOWSRULES
David Salgado.
©24 sombras por segundo. Marzo 2025.
