ED WOOD. (TIM BURTON, 1994.)

WOOD-BURTON. BURTON-WOOD.

Tim Burton, esa especie de mago oscuro del cine moderno fabricado por retazos del cine y la literatura clásicos e universales, retrató con Ed Wood -además del propio personaje- el espíritu tenaz y la ilusión inquebrantable del cine como pasión imposible.

Ed Wood tenía los sueños más altos y el presupuesto más bajo, más intención que oficio y talento y una determinación hermosa y sólida como una roca.

En su reconocimiento particular, Burton establece una especie de guía por su razón de ser, me explicaré.

El cine como negocio y un lugar en el que todo son luces brillantes y sonrisas de ensueño fue el invento más rentable de Hollywood, y Hollywood el invento más rentable del cine, especialmente en las décadas de los 30, 40 y 50.

Pero las luces generan sombras, y allí habitan los seres que han dado la única razón de ser de Tim Burton. Desde sus magníficos inicios, hasta la cima inalcanzable que hoy visitamos y el sendero por el que más tarde se perdería intentando descender de la montaña para llegar de nuevo a los infiernos.

Pero esa es otra historia.

La que hoy nos ocupa se basa en tres y únicos conceptos: el amor, la pasión y la amistad.

ED WOOD. EL CREPÚSCULO DE LOS MONSTRUOS.

El amor incondicional por el cine, la pasión como motivo existencial y la amistad entre el mejor Johnny Depp que veremos jamás y un Martin Landau que posiblemente haya regalado a la humanidad el mejor Bela Lugosi.

Ed Wood y Lugosi sirven a Burton para tirar de Orson Welles y dejar al espectador sin aire ante la verdadera y cara B del maravilloso mundo del cine, el real, no el ficticio, el de los olvidados, el de los Freaks de los que Browning hablaba, el de la ambigüedad sexual, la adicción a las drogas, la homosexualidad, las pasiones viscerales y profundas que afloran.

El del talento mezclado con la mediocridad más entusiasta, el del sentido de unas vidas condenadas a transcurrir a la sombra de unas luces que sólo han servido para despistar al espectador del verdadero significado de todo esto: contar historias a la sombra desde las sombras, del lado de aquellos a quienes siempre les tocará perder y al mismo tiempo sirven precisamente para evitar que el mundo se pierda.

Y al Hollywood oficial, que le den.

Ilustraré esta entrada con una sola fotografía por una razón. Creo que en esa secuencia, en ese momento y ese plano en concreto se produce el punto de inflexión en el que se apoya la película.

Martin Landau y Johnny Deep. (Ed Wood. Touchstone Pictures. 1994.)
Martin Landau y Johnny Deep. (Ed Wood. Touchstone Pictures. 1994.)

Mediante la impresionante dirección de fotografía de Stefan Czapsky, tan elocuente y fiel a la época e idiosincrasia de la película que haría reír sonoramente por última vez a Orson Welles, Burton dibuja la silueta arruinada y entusiasta de Johnny Depp, quien sale al mundo exterior para encontrarse inesperadamente con lo que habita en lo más profundo de su interior.

Allí está -olvidado por los dioses que lo crearon- el monstruo en el que se ha convertido Lugosi deambula por la cara B del espectáculo. Allí, las pasiones, las miserias, la mediocridad y el talento convergen y surge la amistad.

Burton guía al espectador a través de una secuencia aparentemente intrascendente -cutyo significado se apropia de toda la película- pero con una habilidad narrativa de la que muy pocas veces más volvería a hacer uso, disecciona la realidad que la corrección política y la taquilla jamás querrían admitir, ni mostrar.

Así, Burton les dice a Landau y Depp que abran fuego, que le muestren al espectador el lugar al que la industria y él mismo condenaron a Lugosi, un lugar en el que conocerá al mejor amigo que tendrá jamás, un compañero leal y con una fe ciega en el talento inagotable de Lugosi y en sus propias posibilidades.

Burton nos habla de la última trinchera, del último bálsamo para el ser humano que mostró al mundo el vampiro, la última oportunidad para que Lugosi asome el colmillo y muerda una vez más la estúpida mano que ya no le da de comer.

Burton se abrió las venas y brotaron los seres grotescos y maravillosos que hacen girar el mundo que tanto empeño pone en mantenerlos ocultos en las sombras.

Ed Wood era un director mediocre con un espíritu magnífico, Ed Wood tenía un amigo que fue una estrella de Hollywood. Tim Burton le contó al espectador como la pasión, el amor y la amistad brillan con mucha más intensidad a la sombra, allí, al este del Edén, dónde sólo miran quienes saben ver, dónde el espectador se desmaya justo antes de entrar en coma.

Burton tiene razón, el cine es maravilloso.

Su homenaje mediante este metacine oscuro y sentimental, también.

Feliz viaje de vuelta hacia la noche. #SHADOWSRULES

https://www.primevideo.com/detail/0OJWP7RQL2OAEEFTZMVD4BZ2G8/ref=atv_bento_hov_price

David Salgado.

©24 sombras segundo. Junio 2021.

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