THEY SHOOT HORSES, DON’T THEY? (SIDNEY POLLACK, 1969.)

SIDNEY POLLACK. LA PIEDAD SALVAJE.

Antes de sumergirnos en la intensa y profunda tristeza a la que Sidney Pollack enfrentó al mundo con la inigualable película, They shoot horses, don’t they?, hagamos un breve recorrido por una parte concreta de la historia de este invento, a modo comparativo.

They shoot horses, don't they? (Palomar Pictures, American Broadcasting Company. 1969.)
They shoot horses, don’t they? (Palomar Pictures, American Broadcasting Company. 1969.)

A lo largo de su historia, el cine nos ha situado ante la miseria y la desesperación en muchas ocasiones, casi siempre con resultados capaces de quitarnos la respiración. El dolor que conlleva la existencia ha sido retratado desde prácticamente todos los puntos de vista: filosóficos, religiosos, prácticos, soñadores, reflexivos, violentos, cómicos, tristes e incluso neutrales.

Sea su propósito o no, cuando una película -o cualquier forma de contar una historia- habla de estas cosas, despierta empatía en el espectador, quien puede reír con las peripecias de Chaplin, sentir un dolor que no comprende con los recuerdos y las dudas de Tarkovski, gritar de angustia y rechazo ante la Repulsión de Polanski, enfadarse ante el silencio de dios por medio de Bergman y llorar de impotencia y rabia ante la piedad de la que Clint Eastwood habló en Million dollar baby.

Y aquí está precisamente el hilo conductor de hoy. La piedad, la máxima expresión del valor para hacer por alguien lo que no puede realizar por sí mismo es lo que sostiene la película de Eastwood, sin embargo, el tiro de gracia que se planteó en aquella película no se disparó únicamente para terminar con un sufrimiento. La chica del millón de dólares dejaría de sufrir tanto como el personaje de Clint, no se trataba de un acto de piedad, los dos salieron ganando.

La cuestión es que mucho tiempo antes, un tipo que no suele figurar en la memoria colectiva del cine, abordó a través de una novela de Horace McCoy el tema sin ningún tipo de rodeos.

Aunque su nombre no suele encontrarse entre los tipos que pusieron a América contra las cuerdas mostrando su realidad, Sidney Pollack demostró el valor necesario para hablar de la miseria, de la miserable condición humana, de las miserias americanas y ante todo del valor, de la verdadera piedad, de la empatía pura de quien, no teniendo nada más que perder, solo puede dar algo a ganar.

THEY SHOOT HORSES, DON’T THEY? LA SERENA DESESPERACIÓN. EL PEOR ESPECTÁCULO DEL MUNDO.

Con They shoot horses, don’t they?, o el acertado título en castellano,
Danzad, danzad malditos, Pollack hace lo mismo que los maestros. Lleva a lo mejor de sí mismos a los actores y el guión, y de una historia aparentemente vacía llena los ojos del espectador de lágrimas, empatía y desesperación.

Pollack pone un espejo irrompible ante América, y de unas páginas que más parecen de Steinbeck que de McCoy, (lo digo como un elogio), sale la rienda suelta que da a sus caballos, bestias en estado salvaje que solo quieren interpretar.

Jane Fonda alcanza su propia cima, y los demás, Michael Sarrazin, Gig Young, Susannah York, Red Buttoms y Bonnie Bedelia, ponen sobre el tablero las piezas del juego.

They shoot horses, don't they? (Palomar Pictures, American Broadcasting Company. 1969.)
They shoot horses, don’t they? (Palomar Pictures, American Broadcasting Company. 1969.)

El maestro de ceremonias hace que el espectáculo continúe eternamente, un espectáculo en el que solo él y el público- ese personaje atroz que solo se sienta a observar la miseria ajena, la cual no hace más que reflejar la propia- pueden ganar. Los demás no tienen ninguna oportunidad, son solo alimento para el monstruo que observa.

They shoot horses, don't they? (Palomar Pictures, American Broadcasting Company. 1969.)
They shoot horses, don’t they? (Palomar Pictures, American Broadcasting Company. 1969.)

Pollack carga el arma y abre fuego, el viejo marinero olvidado y humillado por su patria, la maternidad como una maldición impuesta, el asqueroso negocio del espectáculo, el buscavidas sin escrúpulos ni valor para terminar con su lamentable existencia, y ante todo, la fuerza desesperada de Jane Fonda y el valor en estado puro, la empatía, (está vez sí, totalmente desinteresada) de Sarrazin.

They shoot horses, don't they? (Palomar Pictures, American Broadcasting Company. 1969.)
They shoot horses, don’t they? (Palomar Pictures, American Broadcasting Company. 1969.)

Expulsados ya del paraíso en el que los monstruos se sientan a mirar y pagar por ver en qué podemos convertirnos, Fonda y Sarrazin hacen lo que Pollack les dice, lo que han venido a hacer en esta radiografía existencial.

They shoot horses, don't they? (Palomar Pictures, American Broadcasting Company. 1969.)
They shoot horses, don’t they? (Palomar Pictures, American Broadcasting Company. 1969.)

De espaldas al infierno y frente al mar por el que Sarrazin llegó deambulando para encontrarse con la que posiblemente sea la única persona capaz de hacer que sienta algo, Fonda se abre las venas y deja que brote la realidad, sin anestesia ni rodeos.

El caballo está herido y ni puede ni quiere correr, ninguno de los dos tiene más que perder y absolutamente nada que ganar.

Sencillamente, eso es todo.

El camino termina allí, en el mar. Y los dos pilares sobre los que la película se sustenta aparecen. La muerte como único remedio y el valor para hacer lo necesario.

Fonda quiere bajar del tiovivo, Sarrazin reúne el valor para apartar la vista del que posiblemente sea el amor de su vida, y sin nada más que decirse, le vuela la cabeza a Fonda y al espectador. Y allí dentro, el espectáculo sencillamente continúa, el tiovivo sigue girando sobre sí mismo sin avanzar.

They shoot horses, don't they? (Palomar Pictures, American Broadcasting Company. 1969.)
They shoot horses, don’t they? (Palomar Pictures, American Broadcasting Company. 1969.)
They shoot horses, don't they? (Palomar Pictures, American Broadcasting Company. 1969.)
They shoot horses, don’t they? (Palomar Pictures, American Broadcasting Company. 1969.)

Los caballos que piden piedad y quienes les disparan son valientes, desgraciados y honestos. Y los malditos cobardes, los miserables, se limitan a bailar y ser observados por el público.

Mientras, al otro lado de la pantalla, el espectador retiene el nombre de Sidney Pollack antes desmayarse y entrar en coma.

Feliz viaje de vuelta hacia la noche. #SHADOWSRULES

https://www.filmin.es/pelicula/danzad-danzad-malditos

David Salgado.

©24 sombras segundo. Junio 2021.

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